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La increible Historia de Juanito

04-01-10

Conocimos a Olga porque queria adoptar un gato. Ella tenia un perro.... nos parecio extraño.. ¿teniendo un perro ahora quieres un gato Olga? ..Pero la verdad es que Olga siempre habia tenido un gato, con un cuerpo de perro. Aqui nos deleita con una gran historia.

 

Conocí a mi perro Juanito un verano. En la urbanización de la playa siempre había habido gatos abandonados. Pero ese año había una novedad: un perro de alrededor de un año de edad. Al menos en apariencia era perro, aunque en sus formas y hábitos era un autentico gato. Durante cuatro meses estuve alimentando a los mas de dieciocho gatos abandonados que vivían en los jardines de la urbanización. A los mas de dieciocho gatos ... y al perro. Todos los días les bajaba agua, comida y alguna golosina. Algunos gatos se dejaban acariciar, pero el perro nunca. Jamás conseguí aproximarme a él. Y eso que veía que los gatos me aceptaban, me seguían, se dejaban acariciar por mí. Él se mantenía siempre a distancia, supongo que escarmentado por los malos tratos que había recibido de las personas.
Desde el balcón le observaba todos los días. Entre los gatos se sentía como entre iguales. Se lamían, jugueteaba con los cachorrillos, jugaba con los gatos jóvenes y respetaba a los adultos. Los gatos le apreciaban, sobre todo porque los defendía. Cuando un perro de la urbanización intentaba atacar a los gatos, el perro se enfrentaba a él mientras los gatos huían, trepaban al muro, a los árboles, se colaban por la reja rota. Cuando el perro se daba cuenta de que los gatos estaban a salvo, daba media vuelta e ignoraba al perro. Era el único momento en le que oí ladrar (y además con furia) al perro. El resto del tiempo emitía un sonido que parecía imitar a un maullido o tal vez al gorjeo de un pájaro. Cuando el peligro había pasado, poco a poco, los gatos regresaban y quien más y quien menos frotaba su lomo con el del perro.
Cuando llego el frió, era frecuente ver una maraña de gatos tumbados en el césped, dándose calor. Y en medio de todos ellos estaba el perro. Si algo llamaba su atención, asomaba su cabeza. Y solo entonces te dabas cuenta de que había un perro en medio de los gatos.
Nunca hubo peleas entre los gatos y el perro. Cuando bajaba pienso, lo esparcía por el suelo y todos tenían un montoncito del que comer. Cuando bajaba comida húmeda sobre un papel acetado, el perro era el primero en aparecer, se adelantaba a todos los gatos, cogía el papel por un extremo y tiraba de él. Ya esta, pensé la primera vez que le vi. hacerlo, ahora se van a pelear porque el perro se lleva la comida. Pues no, porque al tirar de una esquina del papel y arrastrar, la comida se iba cayendo, los gatos seguían al perro e iban comiendo lo que caía del papel. Cuando el perro conseguía apartarse de los gatos ya no quedaba prácticamente nada en el papel y lo que conseguía llevarse a la boca eran apenas menudencias.
En la urbanización vivía un pescador que todas las mañanas llegaba con un cubo de pescado, normalmente sardinas, que repartía entre todos. Los gatos salían a su encuentro. Los gatos ...y el perro. Porque al perro también le encantaba el pescado crudo. No dejaba ni la raspa.
El primer año, antes de que terminara el verano, intente coger al perro y adoptarle. Me resulto totalmente imposible. Por mas chuches que le ofrecí no conseguí acercarme lo suficiente para agarrarle. Solo una señora de noventa y cinco años que bajaba al jardín con ayuda de un andador consiguió acariciarle. Cuando estaba sentada, el perro se subía al banco, se ponía a su lado y la señora le acariciaba sin ningún problema. Imposible contar con la complicidad de la anciana para conseguir coger al perro. Así que regrese a Madrid dejando al perro en la urbanización de la playa.
Al verano siguiente, cuando regrese, el perro seguía allí, junto a casi todos los gatos y las nuevas camadas. Pero ese año me había propuesto cogerle costase lo que costase. Cambie de táctica. El perro sabía donde vivía yo. De hecho sabía donde vivian todas las personas que le bajaban comida y a más de una la acompañaba de cerca hasta su casa. A mi también me acompañaba hasta casa. De cerca pero nunca lo suficiente como para cogerlo. Y nunca entraba en casa. En más de una ocasión, cuando abría la puerta de casa, estaba allí esperando. Yo le tiraba un poco de comida, el la cogía y se marchaba. Nunca ladro para pedir que le abriéramos, solamente esperaba pacientemente. Cada vez nos seguía con mayor confianza, si es que se puede hablar de confianza que estuviera a dos metros de distancia. Pero cada vez se fijaba mas en lo que hacia nuestro perro (también abandonado y recogido diez años antes en la misma playa), le observaba con curiosidad y le imitaba.
Antes de que terminara el verano y tras varios intentos fallidos, conseguí atraparle, ponerle un arnés y una correa y salir corriendo tras él, que había conseguido huir y que corría perseguido por la correa. Pero al final lo logre. Le llame Juanito. Los niños de la urbanización le llamaban así y el reconocía su nombre. Así que, para una cosa que tenia (su nombre) preferí conservarlo. Me costo muchísimo trabajo que confiara en mi, que se habituara a vivir en una casa, que se relajara, que perdiera el miedo. Me ayudo mucho mi otro perro, Lucero. Todo lo que hacia Lucero, el lo imitaba. Fue su tutor y mi mejor ayuda.
El tercer verano, regrese a la playa. Mientras descargábamos las maletas, se acercaron dos gatos que reconocí. En cuanto vieron al perro, comenzaron a frotar sus lomos contra él y a lamerle el hocico. Y el perro les contestaba con lametones. Esta escena se repitió durante todo el verano. Cada vez que salíamos de casa, casi siempre a la misma hora, los dos gatos estaban allí y la escena de lametones se repetía una y otra vez.
Un día entre en el jardín tropical botánico que hay frente a la urbanización. Y uno de los jardineros reconoció a mi perro, llamo al resto de los jardineros y entre todos me contaron su historia, la historia de mi perro-gato. Hace tres años abandonaron en el jardín botánico a un perrito recién nacido. Gimoteo y gimoteo hasta que una gata abandonada que vivía allí y que acababa de tener gatitos le adopto, le cogió y le amamanto como si fuese un gato más de su camada. Hasta que los desteto a todos, incluido a mi perro-gato. Destetado, salió del jardín botánico, cruzo la calle y apareció en los jardines de la urbanización, donde descubrió a una gran familia de más de dieciocho gatos.
Ya han pasado casi siete años desde que le adopte. Seguimos yendo todos los veranos a esa misma playa. No ha sobrevivido ninguno de los gatos con los que creció mi perro, pero sigue habiendo gatos abandonados en los jardines de la urbanización. Con todos se lleva bien. Juega con ellos a que los persigue. Corre detrás de los gatos hasta que ellos se cansan y se tumban en el césped. Y mi perro con ellos.
Hace tres días que he adoptado a una gatita de Nueva Vida, Ámbar. Juanito y ella están empezando a conocerse. Cada uno se come el pienso del otro y se quitan la cama. Se observan con curiosidad y han comenzado a olisquearse. No me cabe ninguna duda de que terminaran durmiendo juntos. Ahora tengo dos gatos en casa.
 

Autor: OLGA del valle


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